El queso: Ossau-Iraty...

La corteza, gruesa y de color amarillo anaranjado, rodea una pasta homogénea, lisa y firme de color marfil. La corteza tiene un olor poco desarrollado. En boca, el grano es fino, la pasta es consistente y más bien firme, aunque en seguida se vuelve untuosa. El sabor es agradable, la forma intensa en la que se funde y los aromas lácticos producen notas finales primordialmente minerales. El toque afrutado de este queso resulta evidente a lo largo de toda la degustación, revelando una presencia continua y persistente que se densifica al final.  

La bebida: sirope de cereza...

Las particularidades que lo diferencian de los otros siropes de fruta hacen que resulte una bebida irresistible. La expresión aromática de esta fruta transmite notas complejas y delicadas, así como ráfagas de sabores ácidos y ásperos y una untuosidad que desemboca en un toque de aromas afrutados que dan una sugestiva réplica al queso. No debe servirse demasiado frío, ni demasiado caliente. No debemos «ahogar» el sabor del sirope, pero tampoco servirlo demasiado concentrado: recomendamos mezclar una parte de sirope y cuatro de agua. Aunque podemos adaptarlo a nuestras preferencias. No obstante, es aconsejable no mezclar menos de 3 partes de agua y no pasarse de 5.  

La unión de las texturas y de los sabores

La guinda del pastel… o del queso, más bien. Este queso y esta bebida construyen una armonía perfecta formada de sensaciones táctiles que se complementan muy bien, aunque con sutileza. Sin estridencias. Con delicadeza. La textura firme y suave del Ossau-Iraty se funde en la untuosidad del sirope gracias a esa sutil dulzura que se intercala con notas afrutadas, ligeramente agrias y confitadas de la cereza y en las que estallan felizmente los aromas silvestres del queso. ¿Es una combinación insólita? Quizás, aunque resulta perfecta. Es una buena forma de empezar a educar el paladar de los niños.